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Alberto Barrera Tyszka

Alberto Barrera Tyszka | Insaciable en la palabra
"La crisis de Venezuela es de élites"
Escribe novelas, guiones de televisión y columnas de opinión; aunque su mayor ambición es consolidarse como poeta. Aboga por una Venezuela que se reconozca a si misma: con un resentimiento cierto, donde hay una pobreza enorme, donde existen niveles de clasismo y de racismo. Asegura que el puntofijismo entendía la cultura como algo ornamental, pero el chavismo la interpreta como otro instrumento al servicio del proceso
ROSSANA MIRANDA / rmiranda@el-nacional.com
ERNESTO CAMPO / ecampo@el-nacional.com
 

Narrador, poeta, guionista y columnista de El Nacional, Alberto Barrera Tyszka sortea la palabra sin atender a formalismos normativos que puedan ponerle límites. Sus temas se pasean desde las historias de los culebrones que crea hasta los retratos de la realidad nacional que plasma en su columna de todos los domingos.

Su primera novela También el corazón es un descuido, publicada por la editorial Plaza & Janés en 2001, cuenta la historia de un periodista que viaja al norte persiguiendo la noticia de un peculiar crimen pasional protagonizado por un compatriota. También es autor de varios poemarios: Amor que por demás, Edición de lujo, Coyote de ventanas y Tal vez el frío.

Un libro de cuentos y una novela que trata la realidad venezolana desde un punto de vista particular esperan por el punto final para salir a la luz. Sin embargo, dos de esos cuentos ya han sido solicitados fuera de las fronteras: uno en Cuba y otro en España.

¿Cómo fue su acercamiento con la palabra?
-Fue por mi familia. Cuando tenía siete años, mis padres nos leían en voz alta en el patio los sábados a Aquiles Nazoa y Andrés Eloy Blanco, entre muchos otros. Además, cada vez que uno de nosotros tenía una herida, mi papá llegaba con un libro y -como yo antes de los doce años tuve como 42 puntos repartidos por todo el cuerpo- eso me proporcionó una biblioteca de aventuras maravillosa. Me gustaba muchísimo la escritura y con una vieja máquina de escribir empecé a escribir cuentos y unos poemas para el cortejo amoroso que después, poco a poco, se fueron depurando.

Alguna vez dijo que la palabra no se puede encasillar ¿Qué piensa sobre los géneros?
-No estoy claro sobre eso de los géneros, porque me parece un tema difícil y confuso. El problema de los géneros le compete a los académicos y no a quien escribe. Cuando se escribe, uno se adentra en un reino de libertad donde haces lo que te da la gana. Un ejemplo de ello son esos textos donde la gente no sabe si es poesía o es narración, y comienza a hablar de “narración poética”. En el terreno de la libertad creativa y de los textos es muy difícil manejar este tipo de etiquetas. Aunque la relación entre periodismo y literatura sigue siendo un terreno difícil y escurridizo, se me plantea un problema como consumidor de información. Ese tipo de periodismo que pretende ser literatura me hace perder el tiempo, porque cuando compro un periódico quiero ver la noticia.

¿Y cómo pueden hacer los medios impresos para competir con los medios audiovisuales? ¿No es esa una buena fórmula para poder sobrevivir?
-Sí, es una manera de competir, hay grandes reportajes que son maravillosos, y la palabra escrita te da esa posibilidad. Lo importante es entonces que seas bueno, que es el eterno problema del periodismo. Hemingway decía que los periodistas terminaban siendo unos grandes resentidos, porque trabajaban con la palabra en un medio fugaz, rápido, desechable; por lo que tenían en la segunda gaveta del escritorio una novela que nunca habían terminado. Es un asunto sobre la calidad de lo que quieras hacer. Hay pésimos reportajes en los que prevalece la intención del periodista de demostrar que puede escribir distinto, por encima del hecho de hacer un reportaje entretenido. Existe un limite finísimo y todo pasa por quien escribe.

¿En cuál género se siente más cómodo?
-Al que le tengo más respeto es a la poesía. Me encantaría ser un buen poeta. Es un oficio extraordinario. Hay un resplandor en la poesía que me deja mudo. Sentir que uno puede ser poeta me parece lo máximo, grandioso, pero es lo más difícil. También me gusta mucho narrar. Cada género tiene sus propias dificultades. Al momento de crear me apasiono, en una especie de rapto y, después de escribir, me invade un ataque de inseguridad bestial que se convierte en un método. Es entonces cuando vuelvo a empezar, a rescribir, a recortar. La insatisfacción puede ser un buen método de trabajo.

Con eso se corre el riesgo de pasar toda la vida en un sólo texto ¿Cómo hace para lograr poner el punto y final?
-Puede haber una gran vanidad en eso: insistes todos los días en ser Borges pero nunca llegarás a ser Borges, y eso hay que aceptarlo. No se puede convertir la insatisfacción y la exigencia en una especie de tortura, en un infierno que finalmente te paraliza hasta que no escribes más. Eso se puede superar tratando de ser objetivo y estableciendo los términos en los que quiero terminar el libro, así como también dejando de ser un lector autocrítico. Hubo un tiempo en que empezaba a leer todos los días desde la primera página una novela que estaba escribiendo. Iba corrigiendo antes de seguir escribiendo, por lo que terminaba corrigiendo tanto en el camino que me cansaba. Luego, decidí más nunca volver a leer la página uno hasta terminar de escribirla completa. Hay que saber defenderse de los libros y tener conciencia de que no se están escribiendo obras maestras. No todos nacimos para ser García Márquez.

¿Cuál fue su experiencia con los movimientos literarios de los años ochenta: Guaire y Tráfico?
-Fueron experiencias fantásticas, no tan innovadoras como creemos. Ya se hacia poesía de ese estilo cuando nosotros comenzamos, pero hicimos bastante ruido. En todos esos movimientos hay una vocación de poder predominante que, quizás, sea para llamar la atención. Eso algunos lo tenían más claro y otros menos, pero como experiencia humana y literaria fue maravillosa.

¿Crees que deben darse movimientos como estos en la actualidad?
-Uno no puede decir si son necesarias o no, sino que si se llegara a dar es muy bueno. Sé que los jóvenes se están moviendo en el mundo de las letras, pero quizás no son tan ruidosos como lo fuimos nosotros. A mi me llega un correo electrónico de un grupo que se reúne todos los jueves en la noche en una pizzería. Hace rondas por la ciudad leyendo poemas en los autobuses. Me dan sana envidia y sana nostalgia.

¿Cuál fue el aporte literario de Tráfico y Guaire?
-Eso es materia para los críticos. El planteamiento era el rescate de lo que se llama en América Latina “poesía conversacional”, que trata lo cotidiano, da espacio a la realidad, tiene tono político. Todo ello, en contra de la tradición francesa que venía arrastrando cierta poesía venezolana. Sin embargo, hay generaciones anteriores a nosotros que hacían ese tipo de poesía. Nosotros le dimos mayor visibilidad e hicimos de eso una propuesta fuerte, casi política, pero no podemos decir que introdujimos esa corriente. En otro aspecto, diferente al literario, se rechazó la concepción del intelectual y el escritor ligado al Estado. La idea de que los creadores vivieran subsidiados por el Estado fue una cosa de la cual nos apartamos.

Tiempos de crisis

No ha sido sencillo para Barrera, en su faceta de articulista de prensa, intentar el equilibrio y la crítica para lado y lado, sin herir susceptibilidades. Ha tenido que aceptar calificativos como "poco confiable" para la oposición y "poco serio" para los chavistas. Pero tiene una explicación para tales reacciones en sus lectores: los afectos han permeado la realidad. Luego advierte que opositores y oficialistas se perdonan complicidades, todo porque del otro lado hay un enemigo fuerte; eso todo lo justifica y apadrina. Por eso pide un debate con mayor densidad que altisonancia.

Sin embargo, sabe que la realidad no sólo se nutre de política. Y respira porque en sus columnas puede dedicarse a escribir de otros temas; comiquitas japonesas por ejemplo. Dice haber sido sorprendido, pasando los canales, por una frase que le hizo comprometerse a escribir algo al respecto: “Es que en ese planeta vive un alienígena homosexual”. Y es que, tiene que escribir sobre esas otras cosas que da la realidad.

¿Cómo ve al intelectual venezolano?
-Tenemos una falta de debate serio. Michel Foucault hablaba de la figura del intelectual como un tipo dominado por el saber y la verdad y con la elocuencia para decir las cosas. Aquí en Venezuela teníamos a Arturo Uslar Pietri como ejemplar de este modelo. No obstante, José Ignacio Cabrujas vino a golpear un poco ese rol, a demostrar que se puede pensar el país de otra manera, desde otro perfil. Él era un dramaturgo que sabía mucho de historia, estaba metido con los medios de comunicación, hacía telenovelas. Ninguna de esas dos tendencias existen hoy pero sí hay un grupo de gente joven que está pensado el país de otra manera. En estos momentos de coyuntura en Venezuela, al igual que debemos repensar al intelectual, hay que plantearse de nuevo a las élites. Creo que la crisis del país es la crisis de las élites. Redefinir los conceptos, preguntarnos y saber qué somos, quiénes son los intelectuales y quiénes tienen que ser, quiénes son los empresarios, los políticos, los comunicadores.

En la sección “¿Qué pasará en Venezuela en los próximos meses?” usted manifestó que no tiene certezas de lo que ocurrirá, sino deseos ¿Cuáles son esos deseos?
-Lo que realmente sería ideal, o al menos lo que yo deseo, no es una sociedad sin resentimientos -porque eso siempre ha existido- sino que logremos ver a una Venezuela que esta puesta ahí: donde hay un resentimiento cierto, donde hay una pobreza enorme, donde existen niveles de clasismo y de racismo. Si nosotros no vemos ese país, y seguimos pensando en que hay un paraíso que perdimos, estamos perdidos. Lo que deseo es una Venezuela que pueda asumir su propia complejidad, sin necesidad de una tragedia mayor que la de parir un nuevo país. Que los niveles de violencia bajen tanto como los niveles de pobreza, que haya una clase política densa y compleja y empecemos a tener otro tipo de élites. Deseo un país donde la política sea mucho menos importante. Yo no nací para estar pendiente de la participación y la democracia. Eso está al servicio de mi vida, porque nuestras vidas tienen otras obsesiones como el amor, la muerte, el placer, la palabra, por ejemplo.

¿Qué opinión tiene de la (des)atención que se le ha dado a la cultura?
-La opulencia de la época del boom petrolero también llegó a la cultura. Permitió que se hiciera la colección de la Biblioteca Ayacucho, que quizás es una de las cosas más espectaculares de América Latina. Sin embargo, aunque se traían grandes escritores de afuera, el país seguía sin lectores. Por eso hay algo bueno en promover a los creadores nacionales y fomentar la lectura. Otro aspecto es cómo los Estados entienden la cultura. Si en la Cuarta República se le daban pocos recursos y se entendía como algo ornamental, prescindible; en la Quinta es peor porque la importancia de la cultura radica en que está al servicio de un proyecto. Cuando Chávez se refirió al cine venezolano expresó lo que piensa el régimen de la cultura: una venezolanidad naturalmente buena, sin putas, drogas ni cárceles, un grupo de gente bailando joropos y haciendo artesanía. Para ellos la cultura es un grupo de valores estáticos que pretenden rescatar. Sin embargo, la cultura es dinámica, se mueve por todos lados. Lo que ha pasado en Venezuela en los últimos cuatro años es un cambio fundamentalmente cultural. Qué pensamos de los otros, de nosotros mismos, de los venezolanos, del odio, de los resentimientos, de la riqueza, del trabajo. Todo eso es cultura.

Los escritores latinoamericanos tienen que ser aprobados en España para comenzar a ser distribuidos en el continente ¿Cómo se podría solucionar este problema?
-Pongo en duda que la gente de América Latina lea a sus propios escritores. En Venezuela no se lee ni a los venezolanos. Sin embargo, este problema pasa por las editoriales, las cuales sólo distribuyen en pequeños mercados y en grandes niveles, a los que les parecen que van a ser un negocio. Existen diferentes ligas: las de los autores que venden y la de los demás escritores. Entre países fronterizos sería mucho más fácil, pero una experiencia de ese tipo sólo sería motorizada por los propios escritores. La industria editorial no está dedicada a promover ninguna literatura en un país pequeño.

¿Por qué México para publicar También el corazón es un descuido?
-Estaba terminando la novela allá, alguien me sugirió que se la enviara a ese grupo editorial y se logró la publicación. Aquí quién sabe qué hubiera ocurrido. Hace tiempo envié una novela a Monte Ávila y la rechazaron. Después le interesó a otra editorial y no se pudo concretar nada. Terminé detestando ese libro.

En el capítulo 26 de También el corazón es un descuido, Santiago Fernández sostiene que es mentira que al escribir se exorcizan los demonios. Que en realidad lo que sucede es que se distraen los fantasmas interiores por un momento. Cuando Alberto Barrera escribe ¿exorciza? ¿construye? ¿o ambas cosas?
-Creo que cuando escribes gozas con esa sensación de que estas exorcizando, combatiendo, sacando al aire esos infiernos que te han elegido y que te persiguen con una persistencia muy grande. Pero eso no es más que un espejismo. Al terminar lo que escribiste, regresan los fantasmas a pedirte que escribas de otra manera sobre ellos; reaparecen las mismas obsesiones. Sería muy fácil escribir un libro cuando se tiene una obsesión, sería una especie de terapia instantánea, y no es así.

Ha dicho varias veces que en sus inicios como guionista de telenovelas quienes lo rodeaban veían su trabajo como una aberración ¿Cómo se inició en el mundo de la televisión?
-En una oportunidad escribí un artículo sobre el movimiento popular para la revista SIC, del Centro Gumilla. En la fiesta aniversario de la publicación se me acercó un tipo y me dijo: “Leí el artículo, todo lo que dices me parece una basura pero está bien escrito” y luego me ofreció trabajar con él. Era Ibsen Martínez. Una poeta amiga me dijo una cursilería como: “Que no te roben el alma. No pierdas la sensibilidad en ese monstruo de la industria”. Yo era analista de prensa del Diario de Caracas, tenía una hija de tres años y esa oportunidad se me presentaba como algo estable, lo que me parecía fabuloso. Al principio era muy pudoroso y pensaba que era un trabajo que podía hacer con la mano izquierda, mientras que con la derecha escribiría mis obras completas. Así cumpliría el sueño de todo escritor. Pero la industria es muy voraz y te roba el tiempo. Es ahora cuando estoy en una situación ideal con la industria: escribo para México, no veo lo que sale al aire, no estoy cerca de los productores, ni de los actores y no me creo nada. Mi vanidad no está dispuesta a comprarse nada con respecto a eso. El mundo de la farándula te atrapa, por lo que esa distancia me parece muy sana, por lo menos para mí.

http://www.el-nacional.com/Entrevistas/albertobarrera.asp

 

 

Obras:
Alberto Barrera Tyszka en La BitBlioteca
Alberto Barrera Tyszka en Anagrama
También el corazón es un descuido
Los tiempos de la creación
Gana Alberto Barrera Tyszka el premio Herralde por su novela La enfermedad
Premio Herralde de Novela