Rafael
Arráiz Lucca nació en Venezuela en
1959. Es poeta, ensayista, cronista, narrador, periodista y editor. Algunos de
sus libros de poemas: Balizaje (1983); Terrenos (1985); Almacén (1988);
Litoral (1991); Pesadumbre de Bridgetown (1992); Batallas (1995); Poemas
ingleses (1997); y Reverón, 25 poemas (1997). Libros de ensayos: Venezuela en
cuatro asaltos (1993); Trece lecturas venezolanas (1997); Vuelta(s) a la
patria (1997); y Los oficios de la luz (1998). Es autor de una Antología de
Poesía Venezolana (1997); de El libro del amor (Antología de poesía amorosa
universal, 1997) y de la selección Veinte poetas venezolanos del Siglo XX
(1998). Ha sido Presidente de Monte Ávila Editores y Director del Consejo
Nacional de la Cultura.
Reseña
ARRAIZ
ATOLONGADO
El advenimiento del deseo
El
nombre de Rafael Arráiz Lucca ya se inscribió en el renglón de los "antologados".
La tarea o, mejor, la lectura —y aventura de la selección—
la asumió Edgardo Mondolfi. Ambos autores —¿quien selecciona
no re-escribe de alguna forma la obra?— se someten a las
expectativas
de una lectora: María Antonieta Flores, seducida y a la par
serenamente decepcionada, padecimiento intrínseco a las leyes del deseo y la
lectura
Escribe Ana Teresa Torres
en sus Territorios eróticos que el sujeto "requiere de la
mirada para hallar un objeto de deseo. Mirarlo desde el deseo". Es así
como el lector encuentra al poema, lo detiene en su memoria y lo inscribe en su
eros. Muchos son los poemas que en su multiplicidad constituyen un cuerpo único,
deseado, elegido y fundado mucho antes de saberlo deseado. Y de nuevo Torres
viene en auxilio: "Todo objeto elegido es, en cierta manera, una aparición
que produce al sujeto el efecto de quedar maravillado ante lo nuevo que se
presenta como seducción del deseo en que quedó constituido". Puede así
explicarse la fascinación ante el poema y ante la voz del poeta. Cada quien,
que sea un lector y todos lo somos, hace sus elecciones bajo el signo de una estética
definida desde el eros.
La elaboración
de una antología no escapa de esta dinámica. Y a ella el lector se acerca para
descubrir si su deseo coincide o ha sido confirmado por un tercero y, también,
para reencontrarse con ese deseo.
Así me ocurre
con la Antología poética de Rafael Arráiz Lucca,
editada por Monte Avila Editores (1999) y preparada por Edgardo Mondolfi,
autor también del prólogo. Leída cuidadosamente su poesía, libro por libro,
al igual que su antología, especie de reescritura de su obra publicada hasta
ese momento, se impone la exigencia de leer con mirada crítica y deseante ésta
que un otro ha seleccionado, según su deseo. Y, aproximarse siempre, sea la
primera o la enésima vez, con el intento de lo inédito, como si el texto
—aunque viejo conocido— fuera nuevo y estuviera esperando ahí. El asunto de
todo esto es perseguir ese inasible que define el poema arraizlucceano y tratar
de aprehenderlo desde lo que encontró y unió Mondolfi, porque
las coincidencias y discrepancias de miradas deseantes sobre el poema amplían
cada vez más la resonancia de una obra.
Si su lectura,
tal como lo establece en el prólogo, es clasificatoria y cronológica, la que
propicia en mí es, paradójicamente, opuesta. La gran virtud de la selección
hecha por Edgardo Mondolfi es que muestra la solidez y
continuidad de la poesía de Rafael Arráiz Lucca desde 1983
hasta 1997. Establece los vínculos de un discurso que, si bien atraviesa lo
lineal del tiempo cronológico, habita lo atemporal, espacio en donde existen
esos elementos enlazados desde un principio que se ubica más allá de la
primera obra publicada y del primer poema escrito o del deseado y nunca
alcanzado.
¿Cuáles son
esas presencias constantes que han recorrido la obra poética de Arráiz
Lucca y que esta Antología poética contribuye a
evidenciar? Sin orden, y no todas ellas: la tendencia del poema largo, la mirada
distante y serena ante el poema, la narratividad, el mundo de la familia y la
intimidad del espacio cerrado, la inclinación hacia la sentencia, la decepción
y el tedio existencial. También, la pugna de contrarios: la estabilidad frente
a la errancia, la fascinación contemplativa ante la naturaleza y la urbe como
espacios definitorios del yo, la historia pequeña frente al gran relato, lo
despojado contra la imagen metaforizante, el personaje o el yo. Y el cuerpo,
siempre el cuerpo, solo o vinculante.
Una lectura rápida
evidencia estos rasgos.
La voz del
poeta se sustenta en un pesimismo, melancolía y decepción, que busca la
reparación en un optimismo liviano a veces, otras contenido, severo, porque
"la vida gastándose tan rápido/se hace eterna y alegre". Lo
descensional se compensa, así, con lo ascensional y el movimiento hacia abajo
propicia el impulso emergente. Piénsese en "La cueva", donde el
ascenso es provocado por terceros y el yo poético sólo puede encontrarse en
las oscuridades de un espacio que es cueva, pozo o Hades. Ese lugar oscuro,
refugio o casa, terreno para el fortalecimiento y el encuentro del sí mismo, es
útero gestador de la palabra y permite reconocerse sujeto desde la conciencia
de la laceración: "Los días van abriendo las heridas/que en los primeros
años ignoré, (...)// Ya mi piel enseña cicatrices/(otras heridas las llevo
abiertas)/ que más adelante formarán el mapa/ de la historia mía, menuda/como
todas las historias".
Ese relato
personal que se constituye en confesión íntima, pero también en testimonio
transpersonal, lleva a preguntarse: ¿Quién dibuja y quién acepta? o ¿quién
es el buey y quién la tierra?, cuando se leen estos versos: "Un buey sigue
dibujando surcos/ mientras la tierra acepta/ callada". Desdoblarse para
significar lo mismo: un inevitable y sereno vencimiento que no impide el impulso
transformador, pues "Donde haya un movimiento de tierra/ estaré yo",
versos que expresan una inclinación indetenible hacia la errancia y hacia el
cambio que acaece gracias a la dialéctica de la destrucción y la construcción.
Por ello sabe el poeta que sus certezas son pocas, que habla con una autoridad
que no le pertenece (la autoridad es de la poesía, no del poeta) y escribe:
"no te engañes; hablo desde la confusión". Igual instante de lo íntimo
y de la frágil-dura relación con la palabra se encuentra en: "quise hacer
un texto largo" (...) "como si mis ojos fueran una cámara"
(...)// "Tantos años estuve gestando este poema/que sus cosas ya no
existen:/han desaparecido de mi memoria/por el infinito beneficio del
olvido".
Cuando el
objeto desaparece, el deseo lo restituye porque "El cuerpo, como los árboles,/
busca una tierra para quedarse", anhelo éste que surge de la angustiosa
certeza del desamparo: "No hay cielo para mí,/ digo entre dientes",
pues la serena decepción que sostiene el aliento poético de la obra de
Rafael Arráiz Lucca surge de la aspiración de siempre poder regresar
de los infiernos propios en los cuales se abisma, para poder decir: "reino
del que sólo emergen los serenos/los que ven el rostro de sus demonios/y no les
tiemblan los labios para saludarlos". Este enfrentamiento con la propia
sombra, con los tormentos —mínimos o desmesurados, pasajeros o permanentes—
lo conduce a aceptar la paradoja existencial, expresada en un tono muy Juan
de la Cruz: "que viene a hallarlo donde no se le halla/y vine a
vivirlo cuando no lo buscaba?".
Así, el poeta
se revela como un ser que padece y conoce "el erizo del caos", la
incertidumbre de una existencia que se construye desde el saber que "La
propensión nuestra es hacia el infierno". Desde esa propensión surge el
deseo por el poema, la mirada que lo funda, el asombro ante su seducción y,
también, la decepción serena de saber que el deseo nunca se cumple a cabalidad
ni para el poeta ni para el lector y por ello siguen vinculados esperando el
advenimiento: nuevos momentos, nuevos llamados.
María
Antonieta Flores. Poeta
http://sololiteratura.com/
Rafael Arráiz Lucca: La fascinación
del ensayo literario
Rafael
Rattia
rrattia@cantv.net
26 de diciembre de 1999
Acabo de terminar la gratificante y placentera
lectura del fascinante libro de Ensayos literarios del joven poeta, narrador y
ensayista venezolano Rafael
Arráiz Lucca, titulado El recuerdo de Venecia y otros ensayos.
Editorial Sentido, Caracas, Venezuela, 1999, 138 páginas. Se trata de
una meticulosa y acertada selección de ensayos literarios que el escritor había
venido escribiendo a lo largo de estos últimos años de su prolífica y agitada
actividad literaria tanto en Venezuela como en el extranjero. Aquí está
plenamente retratado el vigoroso ensayista que es Arráiz fruto de esa pasión
que identifica al incansable lector que presume ser.
El recuerdo...
es una magnífico tetrálogo que consta de
24 densos ensayos que a ratos nos dan la impresión de estar leyendo al agudo
articulista que es el escritor, en otros momentos sentimos que tenemos ante
nuestros ávidos ojos de lector a un incisivo crítico literario, y momentos
sentimos en que asistimos a una magistral exposición didáctica del cronista
que también es el poeta y ensayista caraqueño.
Sin más preámbulos, y prescindiendo de los
vericuetos y el poco usual itinerario que hube de recorrer para acceder a la
lectura de esta antología de ensayos, entro a compartir mis impresiones de mi
aventura lectora.
Extraigo los cuatro elementos que el escritor
considera fundamental para acometer la tarea literaria: «Deseo, placer,
entusiasmo y amor». Sin estos ingredientes previamente instalados en la
estructura anímica e intelectual del autor es poco menos que imposible llevar
adelante la, juntamente, gozosa y tortuosa labor de escribir.
Desde el prólogo mismo de este singular libro de
ejercicios ensayísticos el escritor nos advierte su impagable deuda intelectual
con el poeta Rilke y con el filósofo francés Michel de Montaigne. Es bueno eso
que el autor nos diga sus filiaciones predilectas, pues así nos ayuda, a
nosotros sus lectores cautivos, a comprender sus secretas identidades y sus
sutiles y no siempre perceptibles afinidades sensitivas y estéticas. Así,
repito, comprendemos la poderosa influencia que ejerce la poesía y la filosofía
en la formación intelectual de Arráiz.
Decía el creador de los Essais: «Yo mismo
soy la materia de mi obra» y esto parece haberlo comprendido Arráiz en toda su
plenitud. El autor de El recuerdo de Venecia... lee y relee de
manera continua e insaciable; nos confiesa su terco hábito de leer con
irregular fruición y extraña vehemencia. Es tal la pasión del lector cuando
se enamora de un libro que si no fuera por (confiesa el ensayista) la fisiológica
necesidad de dormir, éste leyera durante las 24 horas del día. Lectores así,
paradigmáticos, es que necesitamos en Venezuela; si en este país 30% de su
población leyera como lee Arráiz, fuéramos un país indiscutiblemente
distinto, radicalmente otro, más humano, más sensible, solidario, menos
taimado y más emprendedores; en suma más libre.
Este libro actúa en nosotros como una salutísfera
terapia balsámica; nos ayuda a no tener miedo de confesar nuestras debilidades
como seres-lectores expuestos naturalmente a falibilidades y a yerros propios de
un país en gestación que busca denodadamente los senderos que insinúen los
horizontes de sus identidades individuales y colectivas. Un lapidario epígrafe
de José Ignacio Cabrujas colocado, por allá, discretamente, en el comienzo del
tercer episodio del libro nos indica la búsqueda afanosa de lo que aspiramos
ser como nación.
Me impresiona la franqueza con que Arráiz Lucca
narra la imborrable huella que dejó en su sensibilidad de lector la conmovedora
experiencia de la lectura de El libro tibetano de la vida y de la muerte
del maestro budista Sogyal Rimpoché, la insobornable insistencia en encontrar
el libro no da la medida del obsesivo lector irreductible que es Arráiz.
Pienso que, a juzgar por mi corta experiencia de
lector, los libros vienen a uno y se nos descubren en su momento, salvo contadas
y extrañas excepciones; siempre habrá esa misteriosa excepción que nos
sumerja en esa peculiar estupefacción literaria. En realidad no sé como
explicar esto. Paso.
El ensayo de Arráiz sobre Émile Michel Cioran me
despertó vivamente, con inusitado fasto celebratorio y revitalizado regocijo
intelectual, el recuerdo de mis ígneas e inhipotecables lecturas del insomne de
Rasinari. En un país poseído por el sarampión del optimismo ciego,
alucinante, es raro que un intelectual de primera fila se ocupe de leer
morigeradamente a quien nunca supo de límites ni de sindéresis en el pensar.
Como me hubiera gustado que Rafael Arráiz descubriera a Cioran por esa suma
blasfema, herética y heterodoxa que es el Breviario de podredumbre (hay
una versión española en editorial Taurus). No obstante, la visión que nos
presenta Arráiz de Cioran es ciertamente una visón bastante íntegra, podría
decir que resume casi completo el abanico de obsesiones temáticas que
mantuvieron al rumano en vela. Rafael comenzó leyendo al Cioran de Sologismos
de la amargura y terminó modificando su percepción de las ideas
fundamentales de uno de los más grandes «moralistas», en el sentido
dieciochesco que comporta el término, que ha dado el siglo XX.
Del primer contacto con Cioran, estigma prejuiciado mediante, al último y
estimulante encuentro con el archimandrita del aforismo, nos dice Arráiz,
pasaron por su caja craneana no pocos volúmenes. Me imagino que son legión los
incontables libros que se han dejado devorar por este audaz e inteligente
escritor caraqueño. Ciertamente, quien haya leído las Conversaciones
con E.M.Cioran, jamás podrá volver a ser el mismo que era antes de su lectura.
Se trata de una lectura definitiva que trae consigo consecuencias inevitables;
paradójicamente, leer al king of pesimist te inocula una savia
confortante que ayuda a soportar más estoicamente el tedio de estos días
finiseculares.
El ensayista venezolano queda extasiado con
lecturas terribles como las Memorias de Bioy Casares, los cuentos de García
Márquez, las narraciones de Julio Verne, las peripecias y tribulaciones de El
Quijote de la Mancha, la atormentada vida de Raimond Carver y se pasea, muy
orondo y conocedor, como el que más, por el itinerario vital e intelectual de
grandes tótems de nuestras letras nacionales. Tal los emblemáticos casos de
Fernando Paz Castillo, Lisandro Alvarado, Arístides Rojas, Oswaldo Trejo. En
fin, pienso que con este sólido y vigoroso cuerpo de ensayos literarios, Arráiz
alcanza cotas elevadísimas dentro del amplio panorama de las letras venezolanas
e hispanoamericanas proporcionándonos a sus fieles lectores la grata sensación
de tener entre nosotros una prosa noble y de acendrado lirismo en su pausada
pero segura disertación.
http://www.analitica.com/bitblioteca/rrattia/rarraizlucca.asp