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Antonio Arráiz

Antonio Arráiz (Venezuela, 1903-1962). Escritor, Periodista y poeta. Nació en Barquisimeto el 27 de Marzo de 1903 y muere en Westport, Estados Unidos el 16 de Septiembre de 1962.

Cursó estudios en el Colegio Católico Alemán de 1912 a 1916, en donde adquirió su pasión por lo germanófilo. En 1919 viaja a E.U., donde envía colaboraciones a la Revista Billiken, durante esta época sufre una fuerte escasez económica. En 1924, hace alarde de sus dotes de poeta por medio de su poemario "Áspero", dedicado a los Jefes Indios Toro Sentado, Manco Capac, Moctezuma, Caupolicán y Hezahualcoyotl, manifestando abierta oposición a la poesía vanguardista de la época. En 1928 participa en las Jornadas Estudiantiles y en la frustrada Toma del Cuartel San Carlos, por lo que es encarcelado en La Rotunda durante 7 años.

Allí escribe la obra "Los Lunares de la Virreina", que gana el concurso auspiciado por el diario argentino La Prensa en 1931. En su historia cuenta con numerosas obras, algunas de tendencia a la crítica social y política como:

"Puros Hombres" (1938).
"Cinco Sinfonías" (1939).
"Culto Bolivariano" (1940).
"Tío Tigre y Tío Conejo".

Entre otras pueden nombrarse: "Parsimonia", "Geografía Física de Venezuela", "El Diablo que Perdió el Alma". En 1943 es Director de El Nacional.

Irrumpió en la Venezuela de comienzos de siglo con un poemario llamado Áspero (1924), nombre altamente apropiado para dejar traslucir una actitud (anticonformismo frente a la represión gomecista) y un estilo que aun refiriéndose al ser americano, quiebra el edulcorado e impostado tono imperante. "¿En qué radicaba este impulso renovador capaz de quebrantar los usos conservadores de quiénes aún permanecían fieles al modelo tradicional del modernismo?" Se pregunta Oscar Sambrano Urdaneta, quien a su vez responde: "La respuesta se encuentra en lo primero que resalta en Áspero, esto es, en su versificación, que hizo de este poemario uno de los hitos en las transformaciones de la lírica venezolana durante las primeras décadas del siglo XX, por ser el primero que se acogió totalmente al versolibrismo... por sus temas, por su lenguaje, por sus proyecciones simbólicas hacia la comprensión del ser venezolano, esta obra se constituye en un libro desafiante, imperfecto, pero de influencia innegable en los destinos inmediatos de la poesía venezolana".

Antonio Arráiz Testigo en rebelión

Mañana se cumplen 40 años del fallecimiento del fundador-director de El Nacional. Su vida y labor intelectual dejaron huellas indelebles que hoy recuerdan al humanista que ha perdurado en la memoria del país como el autor de Áspero y Parsimonia, el narrador de Puros Hombres, el cuentista de Tío Tigre y Tío Conejo y el ensayista de personajes y acontecimientos de la historia política venezolana

MARIANELA BALBI

 

El corazón le jugó una mala pasada a Antonio Arráiz (Barquisimeto, 1903-Westport, 1962) aquella mañana del domingo 16 de septiembre -hace 40 años-, justo cuando se disponía a salir de paseo para aprovechar la bucólica tranquilidad de los senderos de Westport, zona suburbana de Nueva York. Había elegido vivir allí un exilio que ya sumaba 14 años, pero que no parecía atenuar su íntima resistencia a presenciar, una vez más, el oscurantismo de la última dictadura. Había dejado atrás muchos años de brega y develamientos de autoritarismos y caudillos como para volver a ser testigo de un nuevo ensañamiento contra la libertad.

Quizás había comenzado demasiado pronto su tránsito por el mundo, y aquellas experiencias adolescentes, que lo impulsaron a tomar un barco para Estados Unidos, con apenas 16 años y 50 dólares en el bolsillo, habían tallado bruscamente los filos de su rebeldía. El sudor de los astilleros donde trabajaba como remachador –entre otros tantos oficios- y aquellas noches que pasó en el Metro de Nueva York y en los bancos del Central Park habían mellado el deseo inicial de aquel viaje, que emprendió con la ilusión de vender sus argumentos en algún estudio de cine –o quizás de convertirse en actor- o, en todo caso, de hacer uso de su diploma de aviador, obtenido gracias a un curso por correspondencia que había realizado en una escuela de Chicago.

Nada pasó desapercibido a su curiosa y desprejuiciada mirada durante aquellos dos años de aventuras y de errar. Las visiones de una ciudad marcada por la depresión, los vapores de la era industrial y el implacable ejercicio de soledad al que toda urbe somete a sus almas, eran tamizadas por su sensibilidad ...”Arrastraré mis pies profanos –por el silencio de una ciudad inmóvil- cuyos hombres extraños no me confían sus vidas”, dice en Parsimonia (1932),

La modernidad

Las experiencias de Antonio Arráiz no eran compatibles con los esquemas formales de la poesía modernista de entonces, y mucho menos con el lirismo propio de los dictámenes de Darío. Prefería darse la mano con ese otro rara avis de la poesía de la primera mitad del siglo XX, José Antonio Ramos Sucre. Entendían de rupturas, de trastocar ritmos y de romper las cuentas de las rimas, de adueñarse de imágenes inéditas y, en ese ejercicio precoz de vanguardismo, preservar –como enseña Juan Liscano, en su prólogo a la Antología Poética de Antonio Arráiz, de 1966- algún “respeto por lograr determinadas combinaciones de acento que recuerden las cláusulas rítmicas de los modernistas”. Era también el terreno de Áspero (1924). En ese ámbito, Antonio Arráiz, poeta, podía hablar en el idioma de obreros y extenuados hombres de la ciudad, tosco, rudo, sudoroso, mimetizado en los engranajes de las industrias, sobreviviente de ese ejercicio permanente del egoísmo. Su poesía era la palabra de sus pasiones y convicciones, gustos y entregas a la emoción, a sus mitos personales. Sin tapujos, sin reservas, se ensañaba contra los orígenes de la conquista y la colonización, disparaba su canto contra “lo establecido” y “lo política o intelectualmente correcto”. Raúl Agudo Freites recuerda, por ejemplo, su transparente virilidad cuando dice “...mujer me has de seguir/ porque yo así lo quiero/ tengo el tórax amplio y fuerte/ tú serás mi esclava sumisa”. No había lugar para lo sublime en el testimonio sobre el horror del confinamiento. Siete años en la prisión de La Rotunda despojaron su ejercicio narrativo de cualquier asomo de imaginación y tallaron con rudeza el lenguaje del encierro. La palabra le pertenecía a los hombres y Antonio Arráiz era el único testigo tras los barrotes de sus diálogos y silencios. Siete años de convivencia con el ruido de los grillos y de las cadenas, con el olor de la celda, con las sombras de los delincuentes y los truhanes, con el miedo a la requisa y la sórdida complicidad de los depravados. Y la muerte... “No hay que hablar tanto de muerte. Muerte llama muerte. La muerte coge fuerza y entonces no hay quien la ataje, ni Dios, ni diablo, ni Santa María. Hay que tragarse la muerte, para adentro. Hay que tragársela. Así, así –exclama el loco, excitado, y coge un pedazo de trapo y se lo mete en la boca, y hace esfuerzos por deglutirlo”, cuenta en Puros Hombres.

 

El otro Antonio Arráiz

En apariencia, cuesta acercar este Arráiz al otro que fue también con vehemencia. El atleta, el jugador de fútbol, el que amaba el ring para ver a dos hombres repartirse derechazos, el de la celebración de la naturaleza, el del canto a la América virgen y la obsesión indigenista, el de la devoción por su patria (“Quiero estarme en ti, junto a ti, sobre ti, Venezuela, pese aún a ti misma”), el admirador de Agustín Codazzi y paciente recolector de la Geografía física de Venezuela, el autor del clásico de la literatura infantil Tío Tigre y Tío Conejo, y el precursor de los ecologistas.

No era suficiente recorrer el país como fuera –a veces en bicicleta en compañía de ese otro venezolano educador, pediatra y ex ministro de Educación, Rafael Vegas, en sus excursiones de fin de semana-. Esa experiencia debía nutrir los textos pedagógicos para la enseñanza de la geografía a los alumnos de una Venezuela azotada por la ignorancia y el subdesarrollo y a los que dedicó tantos desvelos.

Uno y otro compartían un espíritu en rebelión y una ferviente militancia en la libertad. No resulta extraño encontrar a Arráiz trabajando en una casa de comercio, arreglando las cuentas e inventando la publicidad del cine Rialto, o escribiendo sobre fútbol y carreras en El Nuevo Diario, Ahora y Elite. No era común verlo en los bares, pues, cuenta Arturo Uslar Pietri, “carecía de los hábitos inherentes al poeta: no fumaba, no bebía y había leído muy poca literatura”, pero sí a Homero, Búfalo Bill y Walt Whitman. Su próximo destino no podía ser otro que acompañar a Henrique Otero Vizcarrondo y a Miguel Otero Silva en la creación de un nuevo periódico, El Nacional, del cual fue su primer director en 1943. Su pasión por ser testigo de los acontecimientos tenía en el diario el espacio propicio, para darle forma a un país que requería con urgencia de su talento y de su cercanía a las vanguardias, de su espíritu abierto a las nuevas voces y al pensamiento renovador, “de su apasionado modo de intuir las cosas”, como recuerda Juan Liscano.

De tanto averiguar en las historias ocultas de las guerras civiles (como las relata en Los días de la ira, y de reconocer los rasgos comunes de los autócratas, caudillos y dictadores (en Una galería para Miraflores: de Páez a Gómez. Presidentes de Venezuela, aún inédito), cuentan que su espíritu no pudo con el derrocamiento de Rómulo Gallegos y la llegada de otra dictadura militar. El recuerdo de la Semana del Estudiante del 28 y La Rotunda siempre estarían frescos. Escribió, entonces: “Varias sucesivas promociones de políticos han sido derribados, zarandeados, zaheridos, vilipendiados, juzgados y condenados con los más viles epítetos y para terminar ese cuadro, a grandes rasgos de la situación, por primera vez en la historia de Venezuela tenemos un gobierno militar”.

Otra vez Nueva York, pero ahora tenía 46 años y un deseo de encontrar sosiego. Quizás podría ayudarlo el oficio en el Departamento de Publicaciones de las Naciones Unidas. “Había cierto cansancio en su voz y ya no era su risa aquella inolvidable risa de niño...Y allí se estuvo quedo, recogido, resistiendo todas las persuasiones y conminaciones fraternales, adoleciendo del incurable mal de Venezuela”, relata Arturo Uslar Pietri, ocho días después de su muerte. Apenas tenía 59 años.

Venimos en son de guerra contra la mentira y la corrupción donde quiera que se encuentre, en son de invicta y de censura contra la ineptitud y la prevaricación”.

Antonio Arráiz, El Nacional, 3 de agosto de 1943

 

Viejos recuerdos

“El viaje de Antonio Arráiz a Estados Unidos tuvo perfecta explicación: fue el producto de un hombre que vivía en rebeldía contra su medio”(...) “Regresó a Venezuela no sólo para hacer la revolución de la poesía sino la revolución de la justicia” .

Miguel Otero Silva

“Poeta, con Ismael Urdaneta, Pedro Rivero y Julio Morales Lara, rompió las amarras de la rima y descoyuntó ritmos vulgares por vulgarizados, en la mocedad desafiadora –no boba- de 1294”(...) “Arráiz, futbolista, que había sido obrero en Manhattan, es entonces nuestro Walt Whitman”.

Luis Beltrán Guerrero

“Antonio Arráiz ya no comparte ningún sitio de Venezuela donde su voz afiance el sentimiento que expresó casi con sangre en la boca de su poema “Sobre ti Venezuela”, que sigue siendo el hecho de amor más arduamente compartido entre un hombre como él, poeta de demasiadas pasiones y adivinaciones, y la pura tierra de toda madre”.

Alfredo Armas Alfonso

“Durante siete años, Antonio Arráiz combatió con la locura, la desesperanza, el miedo, la nada, la abyección, el vacío. Solía escribir cada día un soneto, en una pizarra, aprenderlo de memoria y borrarlo luego. Daba clases, recibía lecciones. Así entretenía despierta su mente y evitaba la depresión mortal. También crea poemas: las sinfonías –La Heroica, Reencuentro con la naturaleza, La Revolución-, tomaba notas para su novela que se titularía Puros hombres” (...)

Juan Liscano

“Fue Antonio Arráiz hombre de gran curiosidad por todo y de intensa inquietud intelectual, y que poseyó una clara inteligencia, lo que hizo lo hizo bien. Mi mayor admiración ante su obra fue, sin embargo, por el caudal de poesía que la desbordaba”.

Isaac J. Pardo

“Antonio Arráiz quería a Venezuela sin condiciones y sin reservas. La quería para honrarla, para servirla, para exaltarla, para buscarla, para acompañarla, para expresarla. Para estarse con ella, y en ella y para ella. Para darle su sudor de trabajador, y su palabra de poeta y su enseñanza de “cosas sabias y útiles y buenas” y el dolor de su sufrimiento y la alegría de su hallazgo”.

Arturo Urlar Pietri

http://www.el-nacional.com/l&f/ediciones/2002/09/15/f-en.asp

Obras:
Canto a la rebeldía
Ofrenda
Montañas / 3
Parábola de la madre