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FRAGMENTOS II
77 Te reconozco como mi Dios, y me estoy aparte. No te reconozco como mío, y me acerco a ti. Te miro como padre, y me inclino ante tus pies. No tomo tu mano como la de un amigo. Yo no estoy allí donde tú desciendes y te llamas mío; no voy a abrazarte contra mi corazón, a tratarte como compañero. Eres mi Hermano entre mis hermanos; pero a ellos no les atiendo, ni divido con ellos mi ganancia, sino que comparto mi todo contigo. Ni en el placer ni en el dolor estoy con los hombres, sino contigo sólo. Soy tímido para dar mi vida, y así no me echo en las grandes aguas de la vida.
78 Cuando la creación era nueva, y todas las estrellas brillaban en su esplendor primero, los dioses celebraron asamblea en el cielo, y cantaron: "¡Alegría pura, imagen de la perfección!". Pero uno gritó de pronto: "Parece que la cadena de luz tiene en alguna parte una sombra, que se ha perdido una estrella". Estalló la cuerda de oro de sus arpas, y, dejando la canción, clamaron todos desolados: "¡Sí; y la estrella perdida es la mejor, la gloria de los cielos!". Desde entonces, la buscan sin parar, gritando que el mundo ha perdido con ella su única alegría. Y en el profundo silencio de la noche, las estrellas se suspiran sonriendo; "¡Qué vana búsqueda! ¡La perfección inquebrantable está en todo!".
79 Si no es para mí encontrarte en esta vida, sienta yo siempre, al menos, que me ha faltado el verte. No me dejes olvidarlo un solo instante; no me quites de mis sueños las punzadas de esta pena, ni de mis horas despiertas. Mientras pasan mis días en el mercado bullicioso de este mundo, mientras se van llenando mis manos con la ganancia cotidiana, sienta yo siempre que no he ganado nada. No me dejes olvidarlo un solo instante; no me quites de mis sueños las punzadas de esta pena, ni de mis horas despiertas. Cuando me siento en el camino, rendido y anhelante, cuando me echo a dormir en el polvo, sienta yo siempre que aún tengo que hacer el largo viaje. No me dejes olvidarlo un solo instante; no me quites de mis sueños las punzadas de esta pena, ni de mis horas despiertas. Cuando está mi casa adornada, y suenan las flautas y los risotones, sienta yo siempre que no te he invitado a ti. No me dejes olvidarlo un solo instante; no me quites de mis sueños las punzadas de esta pena, ni de mis horas despiertas.
80 Soy como un jirón de una nube de otoño, que vaga inútilmente por el cielo. ¡Sol mío, glorioso eternamente; aún tu rayo no me ha evaporado, aún no me has hecho uno con tu luz! Y paso mis meses y mis años alejado de ti. Si éste es tu deseo y tu diversión, ten mi vanidad veleidosa, píntala de colores, dórala de oro, échala sobre el caprichoso viento, tiéndela en cambiadas maravillas. Y cuando te guste dejar tu juego, con la noche, me derretiré, me desvaneceré en la oscuridad; o quizás, en una sonrisa de la mañana blanca, en una frescura de pureza transparente.
81 ¡Cuántos días ociosos he sentido pena por el tiempo perdido! Pero ¿ha sido perdido alguna vez, Señor? ¿No has tenido tú mi vida, cada instante, en tus manos? Escondido en el corazón de las cosas, tú nutres las semillas y las tornas en brotes, y los capullos en flores, y las flores en frutos. Estaba yo dormitando, rendido, en mi lecho ocioso, y pensaba que no hacía cosa alguna. Cuando desperté, en la mañana, vi mi jardín lleno de flores maravillosas.
82 El tiempo es infinito en tus manos, Dios mío. ¿Quién podrá contar tus minutos? Pasan días y noches, se abren los años y luego se mustian, como flores. Tú sabes esperar. Tus siglos vienes, uno tras otro, perfeccionando la florecilla del campo. Pero nosotros no podemos perder nuestro tiempo, y tenemos que echarnos de cabeza a nuestras ocasiones. ¡Somos demasiado pobres para llegar tarde! Y así, el tiempo se va mientras yo se lo estoy dando a los otros que, irritados, lo reclaman. Y así tu altar está sin una sola ofrenda. Por la tarde, me apresuro temeroso, no vaya a estar cerrado tu portal. Pero siempre llego a tiempo.
83 Madre, yo te haré una cadena de perlas para tu garganta, con las lágrimas de mi dolor. Las estrellas forjaron con luz las ajorcas de tus pies; pero mi cadena va a ser para tu pecho. Riqueza y nombradía vienen de ti, y tú puedes darlas o no a tu gusto. Pero mi dolor es sólo mío, y cuando te lo ofrezco, tú me pagas con tu gracia.
84 La espina de la separación pasa el mundo y hace nacer formas innumerables en el cielo infinito. Su pena es quien mira en silencio las estrellas de la noche, quien se pone lírica, con las rumorosas hojas, en la sombra lluviosa de julio. Su dolor es el que se echa sobre todas las cosas, el que se sume en el amor y en el afán, en el martirio y en la alegría de los hogares humanos; el que fluye, derretido en canciones, de mi corazón de poeta.
85 Cuando los guerreros salieron del cuartel de su señor, ¿dónde habían escondido su poder, dónde habían dejado su armadura y sus armas? Iban pobres y desvalidos, y las flechas cayeron sobre ellos como chaparrones, el día que salieron del cuartel de su señor. Cuando los guerreros volvieron al cuartel de su señor, ¿dónde habían escondido su poder? Habían dejado la espada, el arco y la flecha. Traían la paz en las frentes, y los frutos de su vida se habían quedado tras ellos, el día que volvieron al cuartel de su señor.
86 La Muerte, tu esclava, está a mi puerta. Ha cruzado el mar desconocido y llama, en tu nombre, a mi casa. Está oscura la noche y tiene miedo mi corazón. Pero yo cogeré mi lámpara, abriré mi puerta, y le daré, rendido, la bienvenida; porque es mensajera tuya la que está a mi puerta. La adoraré, llorando, con las manos juntas. La adoraré echando a sus pies el tesoro de mi corazón. Y ella se volverá, cumplido su mandato, dejando su sombra negra en mi mañana. Y en mi casa desolada quedaré yo, solo y mustio, como mi última ofrenda a ti.
87 Desesperado, la busco por todos los rincones de mi cuarto, pero no la encuentro. Mi casa es pequeña, y lo que una vez se ha ido de ella, no vuelve a encontrarse. Pero tu casa, Señor, es infinita. Y buscándola, he llegado a tu puerta. Mírame bajo el dosel dorado del cielo de tu anochecer, mírame cómo levanto mis ojos ansiosos a tu cara. He venido a la playa de la eternidad donde nada se pierde, ninguna esperanza, ninguna felicidad, ninguna visión de rostros vistos a través de las lágrimas. ¡Ahora mi vida vacía en ese mar! ¡Húndela en la más profunda plenitud! ¡Haz que sienta, una vez sola, la dulce caricia perdida en la totalidad del universo!
88 ¡Divinidad del templo en ruinas! Ya no cantan tu alabanza las cuerdas rotas del Vina. Las campanas del anochecer no claman ya la hora de tu oración. A tu alrededor, el aire está quieto y callado. La brisa vagabunda de la primavera llega a tu desolación, y te cuenta de las flores, de las flores que ya nadie viene, en adoración, a ofrecerte. El que creyó en ti otro tiempo, vaga esperando el favor no concedido todavía. Y en el anochecer, cuando luces y sombras se mezclan en la polvorienta oscuridad, él vuelve, jadeante, al templo arruinado, con hambre en el corazón. ¡Cuántos días de fiesta vienen callados a ti, Divinidad del templo en ruinas! ¡Cuántas noches de ofrendas se van, sin que nadie encienda tus lámparas! Los artífices hacen imágenes nuevas, que se lleva la corriente del olvido cuando llega la hora. ¡Sólo tú, Divinidad del templo en ruinas, sigues sin culto, en abandono inmortal!
89 Callen mis palabras bulliciosas, callen mis gritos, que así lo quiere mi Señor. Desde hoy, hablaré en susurro, y una suave melodía llevará la palabra de mi corazón. Todos van, presurosos, al mercado del Rey. Allí están ya los tratantes. Pero yo tengo mi descanso inoportuno en lo mejor del día, cuando es mayor el trabajo. ¡Que broten, pues, las flores de mi jardín a destiempo, que las abejas del mediodía vengan a zumbar perezosas! ¡Qué de horas perdidas en esta lucha del bien y del mal! Pero mi compañero de juego de los días ociosos, se deleita ahora tomándome el corazón; y no sé qué es esta llamada repentina, ni por qué inútil volubilidad.
90 -¿Qué ofrecerás a la muerte el día que llame a tu puerta? -Le tenderé el cáliz de mi vida, lleno del dulce mosto de mis días de otoño y de mis noches de verano. ¡No se irá con las manos vacías! Todas las cosechas y todas las ganancias de mi afán, se las daré, el último días, cuando ella llame a mi puerta.
91 ¡Muerte, último cumplimiento de la vida, Muerte mía, ven, y háblame bajo! Día tras día, he velado esperándote, y por ti he sufrido la alegría y el martirio de la vida. Cuanto soy, tengo y espero, cuanto amo, ha corrido siempre hacia ti, en un profundo misterio. Mírame una vez más, y mi vida será tuya para siempre. Las flores están ya enlazadas, y lista la guirnalda para el esposo. Será la boda y dejará la novia su casa, y, sola en la noche solitaria, encontrará a su Señor.
92 Sé que vendrá un día en que no veré más esta tierra. La vida se despedirá de mí en silencio, y me echará la última cortina sobre los ojos. Pero las estrellas velarán por la noche, y se alzará la mañana como antes, y las horas se henchirán, como las olas de la mar, levantando dolores y placeres. Cuando pienso en este último momento, se cae al valle de los instantes, y veo, a la luz de la muerte, tu mundo, con sus tesoros indolentes. Inapreciable es el más pobre de sus asientos, inapreciable la más pequeña de sus vidas. ¡Váyanse enhorabuena las cosas que anhelé en vano, las cosas que fueron mías; y que sólo posea yo de veras lo que nunca quisieron ver mis ojos, lo que siempre desprecié!
93 Me han llamado. ¡Decidme adiós, hermanos míos! ¡Adiós, me voy! Aquí os dejo la llave de mi puerta; renuncio a todo derecho sobre mi casa. Sólo os pido buenas palabras de despedida. Vivimos mucho tiempo juntos, y recibí más de lo que pude dar. Y ahora es de día, y la lámpara que iluminó mi rincón oscuro se ha apagado. Me llaman, y estoy dispuesto para mi viaje.
94 Ya me voy. ¡Deseadme buena suerte, amigos míos! La aurora sonroja el cielo, y mi camino parece hermoso. Me preguntáis qué me llevo. Mis manos vacías y mi corazón lleno de esperanza. Me pondré sólo mi guirnalda nupcial, por que el vestido pardo del peregrino no es mío; y aunque el camino sea peligroso, va sin temor mi pensamiento. Cuando mi viaje llegue a su fin, saldrá la estrella de la tarde, y las melancólicas armonías del crepúsculo se abrirán tras el pórtico del Rey.
95 Pasé, sin darme cuenta, el umbral de esta vida. ¿Qué poder fue el que me hizo abrir en este inmenso misterio, como un capullo, a medianoche, en el bosque? Cuando, a la mañana, vi la luz, sentí al punto que yo no era un extraño en este mundo, que lo desconocido sin nombre ni forma me había tenido en brazos, en la forma de mi madre. De igual manera, al salir a la muerte, esto mismo desconocido me parecerá familiar. Y como amo tanto esta vida, sé que amaré lo mismo la muerte. El niño, cuando su madre le quita el seno derecho, se echa a llorar; pero al punto encuentra en el izquierdo su consuelo.
96 Cuando me vaya, sea ésta mi palabra última: que lo que he visto no puede ser mejor. Gusté la miel oculta de este loto que se abre en el océano de la luz, y así fui bendito. Sea esta mi última palabra. He jugado en esta casa de juguetes de formas infinitas; y vislumbré, jugando, a aquel que no tiene forma. Mi cuerpo entero ha vibrado al contacto de aquel que es intangible. Si aquí debe ser el fin, sea. Esta es mi última palabra.
97 Cuando yo jugaba contigo, nunca te pregunté quién eras. Yo no conocía timidez ni miedo. Mi vida era vehemente. Al amanecer, me llamabas tú de mi sueño, como un hermano, y me llevabas corriendo de selva en selva. Nada me importaba, entonces, el sentido de las canciones que me cantabas. Mi voz sólo recogía la tonada, y a su compás bailabas mi corazón. Hoy, que ya no es tiempo de jugar, ¿qué repentina visión es ésta que se me aparece? El mundo está mirándote a los pies, sobrecogido, temblando con todas sus estrellas silenciosas.
98 Te adornaré con los trofeos y las guirnaldas de mi derrota. No es mío el escapar vencedor. Sé bien que se estrellará mi orgullo, que mi vida romperá sus cadenas, de tanto dolor, que mi corazón vacío sollozará fuera, melodioso como una caña hueca, que la piedra se derretirá en lágrimas. Sé bien que no quedarán siempre cerradas las cien hojas de un loto, que será descubierto el secreto escondite de su miel. Desde el cielo azul, un ojo me verá y me llamará en silencio. Nada quedará de mí, nada, y recibiré a tus pies la muerte completa.
99 Cuando yo tenga que dejar el timón, sabré que habrá llegado la hora de que lo tomes tú. Lo que haya que hacer será hecho al punto. ¿A qué esta lucha? ¡Pues quita ya las manos, corazón mío, y acepta calladamente tu derrota; considera qué suerte la tuya de quedarte tan bien, donde estás tan tranquilo! Por encender mis lámparas, que apaga cada vientito, me olvido, una vez y otra, de todo lo demás. Pero ya voy a hacer lo que debo, y esperaré a oscuras, en mi estera tendida en el suelo; y cuando tú quieras, Señor, ven callado, y siéntate conmigo.
100 Desciendo a las profundidades del mar de las formas, en busca de la perla perfecta de lo que no la tiene. No más este navegar, de puerto en puerto, con mi barco viejo de naufragios. Ya se fueron los días en que era mi gozo ser juguete de las olas. Y ahora tengo ansia de morir en lo inmortal. Llevaré el arpa de mi vida al tribunal que está junto al abismo sin fin de donde sube la música no tocada. Y acordaré mi música con la música de lo eterno, y cuando haya cantado su sollozo último, pondré mi arpa muda a los pies de lo callado.
101 Toda mi vida te busqué con mis canciones. Ellas me llevaron de puerta en puerta, y con ellas tanteé a mi alrededor, buscando, buscando mi mundo. Lo que he aprendido en mi vida, ellas me lo enseñaron; me abrieron sendas secretas, encendieron a mis ojos todas las estrellas que hay sobre el horizonte de mi corazón. Mis canciones me guiaron, cada día, a los misterios del placer y del dolor. Y ahora, ¿a qué portal de qué palacio me han traído, en este anochecer en que acaba mi camino?
102 Me jacté ante los hombres de haberte conocido, y en todas mis obras ven tu retrato. Vienen y me preguntan: "¿Quién es?" No sé qué responder, y digo: "La verdad es que no lo sé". Se burlan de mí y se van desdeñosos. Y tú sigues sentado allí, sonriendo. He hablado de ti en canciones perdurables, cuyo secreto brota mi corazón. Vienen y me preguntan: "¿Qué quiere decir todo eso?" No sé qué responderles, y digo: "¡Ay, quién sabe lo que quiere decir!" Y se ríen de mí y se van despreciándome. Y tú sigues sentado allí, sonriendo.
103 Permite, Dios mío, que mis sentidos se dilaten sin fin, en un saludo a ti, y toquen este mundo a tus pies. Como una nube baja de julio, cargada de chubascos, permite que mi entendimiento se postre a tu puerta, en un saludo a ti. Que todas mis canciones unan su acento diverso en una sola corriente, y se derramen en el mar del silencio, en un saludo a ti. Como una bandada de cigüeñas que vuelan, día y noche, nostálgicas de sus nidos de la montaña, permite, Dios mío, que toda mi vida emprenda su vuelo a su hogar eterno, en un saludo a ti.

JUGUETES
¡Qué feliz eres, niño, sentado en el polvo, divirtiéndote toda la mañana con una ramita rota! Sonrío al verte jugar con este trocito de madera. Estoy ocupado haciendo cuentas, y me paso horas y horas sumando cifras. Tal vez me miras con el rabillo del ojo y piensas: «¡Qué necesidad perder la tarde con un juego como ese!»
Niño, los bastones y las tortas de barro yano me divierten; he olvidado tu arte. Persigo entretenimientos costosos y amontono oro y plata. Tú juegas con el corazón alegre con todo cuanto encuentras. Yo dedico mis fuerzas y mi tiempo a la conquista de cosas que nunca podré obtener. En mi frágil esquife pretendo cruzar el mar de la ambición, y llego a olvidar que también mi trabajo es sólo un juego.

LAS FLORES DE LA PRIMAVERA SALEN...
Las flores de la primavera salen, como el apasionado dolor del amor no dicho; y con su aliento, vuelve el recuerdo de mis canciones antiguas. Mi corazón, de improviso, se ha vestido de hojas verdes de deseo. No vino mi amor, pero su contacto está en mi cuerpo y su voz me llega a través de los campos fragantes. Su mirar está en la triste profundidad del cielo, pero ¿dónde están sus ojos? Sus besos zigzaguean por el aire, pero sus labios, ¿dónde están?

ME DIJO BAJITO: AMOR MÍO, MÍRAME EN LOS OJOS...
Me dijo bajito: "Amor mío, mírame en los ojos. "Le reñí, agria, y le dije: "Vete." Pero no se fue. Se vino a mí y me cogía las manos... Yo le dije: "Déjame." Pero no se fue.
Puso su mejilla en mi oído. Me aparté un poco, me quedé mirándolo, y le dije: "¿No te da vergüenza?" Y no se movió. Sus labios rozaron mi mejilla. Me estremecí, y le dije: "¿Cómo te atreves, di?" Pero no le dio vergüenza.
Me prendió una flor en el pelo. Yo le dije: "¡Es en vano!" Pero no cedía. Me quitó la guirnalda de mi cuello, y se fue. Y lloro y lloro, y le pregunto a mi corazón: "Por qué, por qué no vuelve?"

ME PARECE AMOR MÍO...
Me parece, amor mío, que antes de rayar el día de la vida tú estabas en pie bajo una cascada de felices sueños, llenando con su líquida turbulencia tu sangre. O, tal vez, tu senda iba por el jardín de los dioses, y la alegre multitud de los jazmines, los lirios y las adelfas caía en tus brazos a montones y, entrándose en tu corazón, se hacía algarada allí. Tu risa es una canción, cuyas palabras se ahogan en el gritar de las melodías; un rapto del olor de unas flores no vistas; es como la luz de la luna que rompiera a través de la ventana de tus labios, cuando la luna está escondiéndose en tu corazón. No quiero más razones; olvido el motivo. Solo sé que tu risa es el tumulto de la vida en rebelión.

NO PUEDO OFRECERTE UNA SOLA FLOR...
No puedo ofrecerte una sola flor de todo el tesoro de la primavera, ni una sola luz de estas nubes de oro. Pero abre tus puertas y mira; y coge, entre la flor de tu jardín, el recuerdo oloroso de las flores que hace cien años murieron.
¡Y ojalá puedas sentir en la alegría de tu corazón la alegría viva que esta mañana de abril te mando, a través de cien años, cantando dichosa!

PÁJAROS PERDIDOS
1 Pájaros perdidos de verano vienen a mi ventana, cantan, y se van volando. Y hojas amarillas de otoño, que no saben cantar, aletean y caen en ella, en un suspiro.
2 Vagabundillos del universo, tropel de seres pequeñitos, ¡dejad la huella de vuestros pies en mis palabras!
3 Para quien lo sabe amar, el mundo se quita su careta de infinito. Se hace tan pequeño como una canción, como un beso de lo eterno.
4 Las lágrimas de la tierra le tienen siempre en flor su sonrisa.
5 El desierto terrible arde todo por el amor de una yerbecita; y ella le dice que no con la cabeza, y se ríe, y se va volando...
6 Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas.
7 En tu camino, agua bailarina, la arena te pordiosea tu canción y tu fuga. ¿No quieres tú cargarte con la coja?
8 Tu cara anhelante persigue mis sueños como la lluvia por la noche.
9 Una vez, soñamos los dos que no nos conocíamos. Y nos conocíamos. Y nos despertamos a ver si era verdad que nos amábamos.
10 Como el anochecer entre los árboles silenciosos, mi pena, callándose, callándose, se va haciendo paz en mi corazón.
11 No sé qué dedos invisibles sacan de mi corazón, como una brisa ociosa, la música de las ondas.
12 -Mar, ¿qué estás hablando? -Una pregunta eterna. -Tú, cielo, ¿qué respondes? -El eterno silencio.
13 ¡Oye, corazón mío, los suspiros del mundo, que está queriendo amarte!
14 El misterio de la vida es tan grande como la sombra en la noche. La ilusión de la sabiduría es como la niebla del amanecer.
15 No te dejes tu amor sobre el precipicio.
16 Me he sentado, esta mañana, en mi balcón, para ver el mundo. Y él, caminante, se detiene un punto, me saluda y se va.
17 Menudos pensamientos míos, ¡con qué rumor de hojas suspiráis vuestra alegría en mi imaginación!
18 Tú no ves lo que eres, sino su sombra.
19 ¡Qué necios estos deseos míos, Señor, que están turbando con sus gritos sus canciones! ¡Haz Tú que solo sepa yo escuchar!
20 No soy yo quien escoge lo mejor, que ello me escoge a mí.
21 Si me está negado el amor, ¿por qué, entonces, amanece; ¿por qué susurra el viento del sur entre las hojas recién nacidas? Si me está negado el amor, ¿por qué, entonces, la medianoche entristece con nostálgico silencio a las estrellas?
22 Sé que esta vida, aunque no madure el amor, no está perdida del todo.
23 ¡No sea yo tan cobarde, Señor, que quiera tu misericordia en mi triunfo, sino tu mano apretada en mi fracaso!

PARA QUE YO NO TE CONOZCA TAN PRONTO
Para que yo no te conozca tan pronto, juegas conmigo. Me ciegas con tus repentinas risas para que no te vea tus lágrimas... Conozco, conozco tu arte. ¡Nunca dices lo que quieres decir!
Por miedo a que yo no te tenga en lo que vales, me evitas de mil modos. Te apartas de la multitud para que yo no te confunda con ella... Conozco, conozco tu arte. ¡Nunca vas por donde quisieras ir!
Como puedes más que nadie sobre mí, te callas. Me dejas mis regalos con descuido juguetón... Conozco, conozco tu arte. ¡Nunca aceptas lo que quisieras aceptar!

PERDÓNAME HOY MI IMPACIENCIA, AMOR MÍO
Perdóname hoy mi impaciencia, amor mío. Es la lluvia primera del verano, y la arboleda del río está jubilosa, y los árboles de kadam, en flor, tientan a los vientos pasajeros con copas de vino de aroma. Mira, por todos los rincones del cielo los relámpagos dardean sus miradas, y los vientos se yerguen por tu pelo. Perdóname hoy si me rindo a ti, amor mío. Lo de cada día anda oculto en la vaguedad de la lluvia; todos los trabajos se han parado en la aldea; las praderas están abandonadas. Y la venida de la lluvia ha encontrado en tus ojos oscuros su música, y julio, a tu puerta, espera, con jazmines para tu pelo en su falda azul.

PUSE EN MI BANDEJA CUANTO TENÍA, Y TE LO DI...
Puse en mi bandeja cuanto tenía, y te lo di. ¿Qué traeré a tus pies mañana? Soy como el árbol que, huyendo el verano floreciente, mira al cielo, levantadas sus ramas desnudas de flores. Pero ¿no hay, entre todas mis ofrendas pasadas, una sola flor que haya hecho inmarcesible la eternidad de las lágrimas? ¿Te acordarás, me darás las gracias con los ojos cuando llegue yo a ti con las manos vacías, en la despedida de mis días estivales?

RAMILLETE
(Del poeta bengalí Satyendranaz Dayta)
Mis flores eran como leche, miel y vino. Las até con una cinta dorada, en ramillete, pero burlaron mi cuidado vijilante y huyeron lejos; y solo me queda la cinta. Mis canciones eran como leche, miel y vino. Estaban presas en el ritmo de mi corazón palpitante, pero tendieron sus alas y huyeron lejos, ¡tesoros de mis horas ociosas!, y mi corazón late en silencio. La hermosa que amé era como leche, miel y vino. Sus labios, como el rosa del alba; sus ojos, negros como abeja. Yo callaba mi corazón, no fuera a asustarla, pero ella se fue, como mis flores y mis canciones; y me ha dejado mi amor solo.

SI ACASO PIENSAS EN MÍ
Si acaso piensas en mí, te cantaré cuando el anochecer lluvioso suelta sus sombras por el río, arrastrando, lento, su luz vaga hacia el ocaso; cuando lo que queda del día es ya demasiado poco para trabajar o jugar. Te sentarás sola en el balcón que da al Sur, y yo me pondré a cantarte en el cuarto oscuro. El olor de las hojas mojadas entrará por la ventana, en el crepúsculo creciente, y los vientos tormentosos clamorearán en los cocoteros. Traerán la lámpara encendida al cuarto, y entonces me iré yo. Y tú, quizá, entonces, escucharás la noche, y oirás mi canción cuando esté yo callado.

SOÑÉ QUE ESTABA ELLA SENTADA A MI CABECERA...
Soñé que estaba ella sentada a mi cabecera, y alborotaba tiernamente mi cabello con sus dedos, suscitando la melodía de su contacto. La miré a la cara, luchando con mis lágrimas, hasta que la angustia de las palabras no dichas quebró mi sueño como una burbuja. Me incorporé. La Vía Láctea se veía arder por mi ventana, como un mundo de silencio inflamado. Y me pregunté si en aquel momento estaría ella soñando un sueño que viniera, bien con el mío.

TE AMO, PERDÓNAME MI AMOR
Te amo, sí ¡Perdóname mi amor! Pajarito que yerras tu camino, como tú, estoy cazada. Cuando mi corazón se estremeció de dicha, perdió su velo y se quedó desnudo. Cúbrelo tú de piedad, ¡y perdóname mi amor!
Si no puedes amarme, ¡perdóname mi pena! ¡Pero no me mires así, desde tan lejos! Me arrastraré callada a mi rincón y m sentaré en la sombra, tapando con mis dos manos la vergüenza desnuda. No me mires , no me mires, ¡y perdóname mi pena!
Si me amas, ¡perdóname mi alegría! No te rías de mi descuido porque ves que mi corazón se me va en este mar de ventura. Cuando me siente yo en mi trono, y reine sobre ti, tirana de mi amor; cuando, como una diosa, yo te conceda mis favores, sé tú indulgente con mi orgullo, ¡y perdóname mi alegría!

TE COJO LAS MANOS
Te cojo las manos, y mi corazón, buscándote a ti, que siempre me eludes tras palabras y silencios, se hunde en la oscuridad de tus ojos. Sin embargo, sé que debo estar contento en este amor, con lo que viene a rachas y huye, porque nos hemos encontrado por un momento en la encrucijada de los caminos. ¿Soy yo tan poderoso que pueda llevarte a través de este enjambre de mundos, por este laberinto de veredas? ¿Tengo yo alimento para sostenerte por el oscuro pasaje bostezante, de arcos de muerte?
http://amediavoz.com/tagore.htm
Autor: Rabindranath Tagore

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